Trabajé para el año nuevo, estuve lejos de mis hijos y de Mariana mi señora. Debo confesar que me agradó muchísimo hacerlo ya que viví la felicidad de mucha gente que esa noche su única alegría fue estar ahí viendo los fuegos artificiales de la Torre Entel en el centro de Santiago.
Poco antes de las 24 horas se repartieron 25.000 globos blancos en los cuales la gente escribía un deseo para luego, todos juntos, lanzarlos al cielo y verlos subir y perderse en la noche. Al llegar el nuevo año comenzaron los fuegos dejando a todos en un silencio que solo se rompía con gritos cuando una de las explosiones se subía de intensidad.
Ver los rostros de alegría y asombro que miraban el cielo estallar en colores y formas fue mi mejor regalo de fin de año. Era en su mayoría gente humilde, niños, viejos, jóvenes que seguramente durante esos 20 minutos de ilusión olvidaron sus penas y preocupaciones.

Un saludo para todos y que este 2006 sea muy bueno.